Mi secreto acerca de la disciplina


De la disciplina se aconseja mucho, se escribe más y se hace muy poco. No sé si las personas desean ser disciplinadas porque eso las hace sentirse bien, porque lo necesiten o porque simplemente todos lo verían con admiración, lo que sí sé es que la disciplina duele un poquito. Recuerdo cuando practicaba uno de esos deportes que tiene fama de disciplinado, doloroso y estricto, el Karate Do. Tengo que confesar que yo no entré atraída por la disciplina, sino por la defensa personal, sin embargo, lo que más aprendí en los años que practiqué fueron tres cosas. Uno, a no usar ningún pretexto cuando algo no sale como yo lo planeo; dos, a no quejarme y tres, a ser disciplinada. La disciplina usa los dos primeros principios para lograrse, es el resultado de no tener pretextos y no quejarse, pero todo empieza cuando tienes claro el motivo de tu disciplina.
La disciplina por sí sola es difícil de reconocer. Es difícil levantarse temprano sin sentido, es duro practicar un deporte disciplinadamente sin un propósito, lo mismo que tener control de tu peso, si no tienes claro cuál es tu peso ideal. Por eso, lo primero que debemos hacer es fijarnos una meta y claro, luego de ello viene escribir en algún lado qué tendríamos qué hacer para lograrla y cuándo podremos considerar que la vamos a cumplir, aunque sea una meta a largo plazo. Esa es la parte fácil del trabajo, porque una vez que sabes lo que quieres y cómo lo lograrás, vienen los pretextos que tendrás para no poder hacerlo.
El primer día tendrás mucho sueño (si en tu meta se incluyó levantarte temprano), en tu cabeza querrás descansar porque no quieres enfermarte o no rendir durante el día, así es que te quedarás dormida y empezarás tu tarea el día siguiente o por la tarde. Ahí es donde entra el primer tropiezo con los pretextos. Un pretexto a veces no será suficiente, en ocasiones tendrás más de uno para detenerte y entonces con mayor razón empezarás otro día. Si eso te pasa, te adelanto que todos los días aparecerá un pretexto nuevo. Cada día tu cerebro creará muchas razones válidas para no hacer lo que te propusiste y no hay magia, lo único que podrá ayudar a que esos pretextos se vayan eres tú mismo, bajo el argumento de que no hay nada válido para no cumplir tus metas. Todos los pretextos solo harán más lento el proceso, o peor aún, pasarán los años, sí los años, y no habrás hecho nada y eso es más triste y doloroso que ser disciplinado.

Cuando logres hacer por primera vez tu meta del día, sentirás la dopamina correr por tu cuerpo invadiéndote una gran felicidad, que será suficiente para mantener en tu cabeza la satisfacción de haber vencido ese obstáculo que ahora ves atrás de ti. Es increíble todo lo que hace el cerebro en ambos sentidos de la motivación. Aunque claro, al día siguiente volverá otro pretexto, pero ahora tienes manera de decirle que no. Lo siguiente es vencer la queja cuando los resultados no sean tan rápidos como los planeaste, porque siempre queremos todo pronto. La disciplina solo se observa con los años. La queja será constante y los pretextos también. Cada día sentirás que no avanzas y querrás detener tu camino, te dirás que no sirve de nada el esfuerzo y el dolor, sin embargo, la disciplina solo se observa con los años. Es resultado de no quejarse y no tener pretextos. Cuando hayas reunido una gran cantidad de pretextos vencidos y no tengas más quejas, entonces sabrás que estás en el camino. Poco a poco has ido venciendo a tu cerebro. La disciplina es quedarse sin pretextos y sin quejas, solo permite acciones bajo un plan. Así es que manos a la obra, como dijo José Martí “la mejor manera de decir, es hacer”. 

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